viernes, 23 de febrero de 2018

Lois & Clark

Can you read my mind? Do you know what it is that you do to me? I don't know who you are. Just a friend from another star. Here I am, like a kid out of school. Holding hands with a god. I'm a fool. Will you look at me? Quivering. Like a little girl, shivering. You can see right through me. Can you read my mind? Can you picture the things I'm thinking of? Wondering why you are... all the wonderful things you are. You can fly. You belong in the sky. You and I... could belong to each other. If you need a friend... I'm the one to fly to. If you need to be loved... here I am. Read my mind.

Lois Lane en Superman (1978)




Este año Superman cumple 80. Para celebrarlo, estaré publicando varias entradas en honor a mi héroe favorito, ángel de la guarda, figura paterna y modelo a seguir. Como estamos en febrero, mes del amor y esas cursilerías, hoy quiero hablar de la audaz reportera que descubre las tramas criminales de los supervillanos, la estrella del Daily Planet, la mortal que robó el corazón de un semidiós. Ella es Lois Lane.

Lois es uno de los mejores personajes de la historia del cómic; junto con un puñado de otros que, sin ser superhéroes, se ha ganado un lugar prominente en su mitología (Alfred, la tía May, Gwen Stacy…). Apareció por primera vez en el mismo Action Comics #1 (1938) que vio nacer a Superman. Desde un primer momento, se caracterizó por su personalidad determinada y testaruda, su afán de ponerse en la línea del peligro en busca de una buena historia y de enfrentarse sin temor a los villanos, a los que bien podía meterles un puntapié o un buen bofetón. En los 40 llegó a tener incluso su propia tira cómica Lois Lane: Girl Reporter.



El artista Jerry Siegel se inspiró en el aspecto de la joven modelo Joan Kovacs (quien luego sería su esposa) para la apariencia de Lois. El escritor Joel Shuster se inspiró en el personaje protagónico de la seial fílmico Torchy Blane para la personalidad de su osada reportera. Era a finales de la década de los 30 y mucho había cambiado en los veinte años anteriores; las mujeres habían obtenido el derecho al voto y la generación flapper había desafiado las convenciones sociales de la época. Las mujeres estaban conquistando la vida profesional y el trabajo de periodista era uno en el que podían demostrar su inteligencia y valor.

En los 30 y 40, durante la Era Dorada del cómic, las historias de Superman tenían una línea en común: el director del Daily Star (así se llamaba entonces) enviaba a Lois y a Clark a cubrir un caso; ella siempre se metía en problemas por ir más allá del cumplimiento de su deber, lo que desencadenaba el conflicto y hacía que el villano saliera a la luz. Por supuesto, Superman siempre intervenía al final para rescatarla. Claro, Supes es el protagonista de estas venturas, pero también está ahí la idea de que no importa cuán fuerte, inteligente e independiente pudiera ser Lois, al final siempre habría de necesitar a Superman. Esta dinámica se trasladó a los estupendos cortos animados de los hermanos Fleischer (1941-1943), del mejor material de Superman fuera de los cómics.





Las cosas se pusieron feas en la ultraconservadora década de los 50 y hasta principios de los 60, la llamada Era Plateada del cómic. Lois pasó de ser la reportera estrella a convertirse en una mujer infantilona obsesionada con casarse con Superman. Ya tú sabes, porque las mujeres siempre están probando estratagemas para lazarnos. Por esa época tuvo su propio cómic, Lois Lane: Superman’s Grilfriend. Chequen la diferencia: en la tira de los 40, su título era “la chica periodista”, pero en los 50 era sólo “la novia de Superman”. Lo peor es que ni siquiera era su novia: no tenían una relación formal.

Tuvimos que esperar hasta la década de los 70 para ver una maduración de su personaje en el cómic. Lois volvió a ser la ruda periodista que no se detenía ante nada y protagonizó un montón de historias creativas e interesantes, como aquella en la que se mete a investigar el movimiento por los derechos civiles de los negros y cuestiona su privilegio de raza, un cómic que merecería todo un análisis aparte.



Una de mis encarnaciones favoritas de toda la vida es la de la película Superman, de Richard Donner (1978). Ahí es interpretada por Margot Kidder, quien a mi gusto es LA Lois, como Christopher Reeve es EL Superman. La caracterización de Kidder le dio al personaje las dimensiones y excentricidades que la hicieron más humana. Obsesiva, desordenada, fumadora compulsiva y con mala ortografia: ¡Lois es un desmadre!

Pero es perfecta. Frente al correctísimo y morigerado Superman, ella es simplemente humana. Uno de mis momentos predilectos de la peli es cuando ella está toalmente morboseando y tirándole la onda a Superman y él, todo caballero, como que no se da cuenta o finge no hacerlo.



Sus imperfecciones humanas, su pasión y su fortaleza son lo que hacen que Superman se enamore de ella, a tal grado que es capaz de desafiar a las leyes cósmicas para salvar su vida. Mucho se ha criticado esa secuencia al final de Superman cuando el Azulote hace volver el tiempo para salvar a Lois, que porque es un deus ex machina, que porque es contradictorio con el personaje, que porque no se había demostrado que fuera tan poderoso, etc.

Yo creo que no lo entienden: esa escena es brillante. Ver a su amada muerta, tener su cuerpo inerte en sus brazos, desencadena en Superman algo desconocido incluso para él mismo. Nunca hasta ese momento había liberado tanto poder, nunca había roto las reglas de esa manera, pero entonces se arrojó a quebrantar sus propias limitaciones como no lo había hecho ni por su propio padre adoptivo, ni por ninguna otra persona. Superman nunca es tan humano como en ese momento, en el que a la vez es tan divino.



La década de los 80 estaría marcada por la reestructuración del universo DC tras Crisis en tierras infinitas, con lo que inicia la Era Moderna. Al legendario John Byrne le tocaría dar una nueva vida a Superman con El Hombre de Acero (1986) y por supuesto que haría cambios importantes con todo el elenco. Lois no sólo era una profesionista exitosa (ganadora del premio Pulitzer) y una mujer independiente que ya no necesitaba ser rescatada todo el tiempo, sino que incluso en ocasiones era ella la que salvaba la vida a Superman. Una superheroína sin capa y sin poderes.

Se estableció que Lois era hija de Sam Lane, alto general del ejército, quien la había entrenado a ella y a su hermana Lucy en combate cuerpo a cuerpo y el uso de armas de fuego. De él, Lois heredó su carácter fuerte y obstinado, pero su rebeldía ante la personalidad controladora del general los llevó a tener una relación áspera toda la vida.

Lois era una mujer de mundo frente al provinciano y a menudo ingenuo Clark. Mientras él apenas y se había percatado de que su mejor amiga Lana le tiraba la onda, Lois era una mujer sexualmente activa que había tenido varias parejas, incluyendo al archienemigo del Hombre de Acero, el multimillonario Lex Luthor, y en la serie animada de los 90, ¡a Bruce Wayne!



De hecho, esta fue la época en la que se estableció que Kal-El es en verdad Clark Kent, y que la personalidad de Superman es la que usa para cumplir con su deber superheroico, al contrario de la Era Plateada, en la que Clark kent era un disfraz para Superman (el famoso monólogo de David Carradine en Kill Bill hace referencia a aquella versión).

Así, la relación de Lois sería con su modesto y educado colega, y no con el Hombre de Acero, lo que permitía que fuera mucho más realista, humana y equitativa. Al principio fueron compañeros de trabajo (y casi rivales), pero no tardó en suceder lo que durante décadas fue impensable: Clark reveló su identidad secreta ante Lois. Así fue como pudieron tener un noviazgo real, aunque algo intermitente, hasta que por fin se casaron tras la muerte y resurrección de Superman.



Sam nunca valoró mucho al pobre de Clark, por considerarlo un pusilánime inmerecedor de su hija. En alguna ocasión hasta le espetó “¿alguna vez has servido a tu país?”. Ya saben, suegros… Como Lois se negó a ser “entregada” en el altar (ella recorrió el pasillo de la iglesia por sí misma), Sam hizo un berrinche y casi no llegó a la boda. Lois, por cierto, contra la costumbre anglosajona, nunca adoptó el apellido de su nuevo esposo.

Estábamos ya en la década de los 90, una de grandes cambios, de los cuales la nueva vida de Lois y Clark como esposo fue de los más importantes. Todo esto se reflejó en la nueva encarnación de la pareja, en la serie de TV Lois y Clak: Las nuevas aventuras de Superman (1993-1997), que aunque era bastante cutre y bobalicona, tiene el mérito de centrarse más en las vidas y relaciones de los dos reporteros estrella de El Planeta (y también de su colorido equipo). La pareja fue interpretada por Teri Hatcher y Dean Cain.



En la serie como en el cómic, Lois y Clark fueron presentados como una pareja moderna, que enfrentaba problemas realistas (dentro de lo que cabe). Desde la inclinación de Clark a ser sobreprotector, que agobiaba el espíritu autónomo de Lois, hasta las dificultades económicas, el desempleo (hubo una época en la que Lois fue la única proveedora) y la enfermedad.

Cerca del final de la continuidad pre-Flashpoint (el Universo DC con el que crecí) se dio un arco muy bonito, Last Son (2006-2008) en el que Lois y Clark adoptaron a un niño kryptoniano al que llamaron Christopher (en honor a Reeve, obvio). Así pudimos apreciar qué tal se las arreglarían ellos dos como padres. Tristemente, se reveló que Christopher era hijo de Zod y el pobre chico quedó atrapado en la Zona Fantasma. Regresaría más tarde como adolescente en papeles muy secundarios.



Flashpoint y los New 52 borraron el matrimonio entre Lois y Clark y rejuvenecieron a los personajes. La nueva aproximación resultaba interesante y fresca, en especial los arcos escritos por Grant Morrison para Action Comics, pero los viejos fans extrañábamos a la pareja.

Los eventos de Convergence nos revelaron que los Lois y Clark pre-Flashpoint habían sobrevivido en una especie de limbo fuera del Multiverso junto con un montón de ciudades extraídas por Brainiac de múltiples realidades. Durante estos acontecimientos Lois estaba embarazada y de hecho llegó a dar a luz (¡asistida por el Thomas Wayne de Flaspoint, no más!). El chico fue bautizado Jonathan, en honor al padre adoptivo de Clark. Los eventos de Rebirth han restaurado a los esposos y su joven hijo a la continuidad principal del Universo DC, para gusto de los fans chavorrucos como su seguro servidor.



En las nuevas películas del DCEU Lois y Clark son interpretados por Amy Adams y Henry Cavill. Aunque siento que a la Lois de Adams se falta la chispa y la sassiness de Margot Kidder, me gusta cómo se ha dado la relación en estas nuevas cintas. Lois conoce el secreto de Clark desde un inicio y se hacen amantes bastante pronto (y se van a vivir juntos sin haberse casado, kescándala), lo que nos ahorra la dinámica que se repitió por más de cinco décadas.

¡Y podríamos hablar de más versiones alternativas! Ya antes de su “boda oficial” se había jugado con la idea de que Lois y Clark se casaran y tuvieran críos en diferentes “historias imaginarias” y Elseworlds. Alan Moore les da un final feliz en Qué le pasó al hombre del mañana, una de las mejores historias del Gran Boy Scout. Con un tono más melancólico, no podemos dejar de hablar de All-Star Superman, de Grant Morrison, uno de los autores que mejor entiende a estos personajes.



De hecho, el Superman de Tierra-2 (que oficialmente era el de la Era Dorada, quien debutó en Action Comics #1), se casó con Lois y la pareja sobrevivió a la destrucción del Multiverso en Crisis en tierras infinitas. Anduvieron por años en un limbo raro hasta la nueva reestructuración producto de Crisis infinita, en la que esta Lois murió, haciendo que el Superman de Tierra-2 flipara y se agarrara a hostias con el Superman actual. Pero luego se hicieron amigos y juntos se madrearon contra Superboy Prime, quien era un psicópata asesino de masas. El Superman de Tierra-2 murió a causa de las heridas recibidas durante la pelea. Expiró pronunciando el nombre de su esposa.

Lois es, más que ningún otro personaje, quien mantiene a Kal-El en contacto con su humanidad y en múltiples historias alternativas ha sido la muerte de ella lo que le hace perder piso y entregarse de lleno a su lado ktryptoniano, frío y deshumanizado; se convierte en un dios castigador que reparte juicios y condenas, como en Injustice. Como dice el nuevo Clark a Lois en Batman v Superman, “tú eres mi mundo”. Y cuando en Justice League el revivido Supes despierta todo encabronado y se pone a madrear superhéroes, es la presencia de Lois la que lo hace recuperar la cordura.



Con excepción de los oscuros años 50, Lois siempre ha representado un ideal de mujer empoderada, siempre a la vanguardia en cada época, aunque dentro de los límites de otro ideal: el del amor romántico, ése en el que hasta yo creía antes de que la vida me jodiera. Sin importar el paso del tiempo o las miles de versiones alternas, ellos son la pareja romántica por excelencia, e incluso se ha sugerido que su amor es parte del orden mismo del Multiverso. Así, Lois y Clark representan la fuerza del amor que trasciende el tiempo, las fronteras entre lo humano y lo divino, y los límites mismos de la realidad.

Para más del mito de Superman y su importancia cultural:




lunes, 19 de febrero de 2018

Educando mirreyes



En mi carrera de profesor de educación privada he pasado por varias escuelas y conocido a muy diversos alumnos. Esto incluye un buen número de mirreyes. Para los que por alguna razón no lo saben, los mirreyes serían los hijos de empresarios y políticos poderosos, y se caracterizan por su actitud arrogante y prepotente, su afición a la fiesta loca, la ostentación y el exceso, sus valores clasistas y sexistas, y sus camisas abiertas hasta el tercer botón para mostrar el pelo en pecho.

Ahora, aquí en Mérida eso de “hijos de los poderosos” es bastante relativo, porque los mirreyes locales (o ‘machocaones’) son como la región 4 de la región 4. Ricos de pueblo, pues. Eso no les ha impedido adoptar muchas de las actitudes y señas de identidad de sus equivalentes en las grandes ciudades del país.

Una de sus características más notorias es su convicción de que lo merecen todo en esta vida y de que todos estamos ahí para servirles. Esto, como se podrán imaginar, puede significar un purgatorio para sus profesores, en especial en alguna de esas escuelas privadas en las que “el que paga manda”.

Así, me he topado con adolescentes que faltan el respeto cotidianamente a sus maestros, desde contestar con grosería hasta de plano agredirnos. Una vez me acerqué a un muchacho que siempre estaba jugando con su celular en clase y se lo quité; el chico se levantó de golpe como si quisiera pegarme y me exigió que si le iba a retirar el teléfono se lo debía pedir “por favor”.

Ante estos machitos alfa uno nunca debe ceder territorio; hay que plantarse firmes y mirarlo directo a los ojos porque como buenos depredadores huelen el miedo. Pero al mismo tiempo hay que mantener nuestra conducta dentro de los límites del profesionalismo y nunca rebajarnos a su nivel. Simplemente le dije que no le estaba pidiendo ningún favor, sino aplicando las reglas. “Si quiere respeto, respete”, me reclamó el muchacho que todas las clases se comportaba de forma irrespetuosa. Lo que sucede es que estos chicos están acostumbrados a imponer su voluntad, y cuando alguien trata de ponerles un límite se contrarían y sacan de quicio.




Una vez, en un viaje organizado por la escuela al extranjero, un mirreyito natural del norte del país se extravió justo la última noche antes de emprender el regreso a México. Cuando lo encontramos estaba borracho; al llamarle la atención, me espetó que por qué le hablaba “con tantos huevos” y me llamó “pendejo”. No hubo consecuencias porque él tenía ENAMORADA a la maestra encargada del viaje, una veinteañera muy manipulable.

Cuando digo “enamorada” no lo hago a la ligera. Aún después de este altercado, se podía ver al chavillo recostado en las piernas de la maestra, abrazándola por la cintura de vez en cuando, o acariciándole las manos y el cabello. Este chico había sido muy problemático desde el principio; no se interesaba en lo absoluto por el propósito cultural del viaje, sino que sólo quería fiestear, ligar y beber; más de una vez se metió en problemas por ponerse al brinco con figuras de autoridad locales, desde los maestros de la escuela que nos hospedaba hasta oficiales de policía en la calle. Sin embargo, las maestras le celebraban todo lo que hacía porque tenía “mucho ángel”.

Lo que me lleva a hablar de las chicas, las lobukis, que vienen a ser las barbies de estos kens mexicanos. He visto cómo los machocaones las maltratan físicamente, las insultan, las jalonean, las agarran con brusquedad y las manosean, ¡incluso en la escuela! Pero “de broma”, porque “así se llevan”. Y las señoritas no se quejan porque no quieren quedar como “las mamonas” y dejar de recibir la atención de los más populares. Es muy difícil hacer ver a chicos y chicas por qué lo que está ocurriendo ahí es violencia de género.

La mayoría de los alumnos siempre son muy buenas personas, pero el ambiente de una escuela depende mucho de qué tanto las autoridades dejan que los patancillos se salgan con la suya. Y eso es lo que pasa en las escuelas donde pesa más el dinero o el apellido de papi que el compromiso con la educación (afortunadamente, hace rato que ya no piso un lugar de ésos).

“Bueno, ¿y qué? No serán más que chamacos molestos como los hipsters, los emos y los otakus, ¿no?” Pues no. El problema va más allá de unos escuincles maleducados o de la siempre pregonada “falta de valores”. El fenómeno de los mirreyes en México es tan conspicuo que ha llamado la atención de publicaciones extranjeras. Carbonated TV, por ejemplo, reporta que los hijos del Chapo se comportan igual que los mirreyes cuyos padres tienen profesiones ligeramente menos delictivas.

La revista McLean’s dedicó un artículo al tema y, en entrevista con Ricardo Raphael, autor de Mirreynato. La otra desigualdad, explica que esta era se ha caracterizado por una desigualdad cada vez peor, movilidad social en declive, discriminación y deficiencia del sistema educativo. El dinero permite autocomplacencia a los mirreyes, pero también les brinda protección legal y política, atrae poderosos aliados que se harán de la vista gorda en casos de ilegalidad y permite hacer importantes contactos para los negocios y la política.

Esos contactos se pueden hacer en las escuelas privadas del país. Las pruebas estandarizadas nos muestran que las más elitistas no logran mejores resultados académicos que las más modestas, pero los padres de estos chicos no pagan altas colegiaturas para que sus hijos reciban educación, sino para que tengan amigos entre las élites, contactos  que les sean de utilidad más tarde en la vida.


Así, todo vuelve a dos problemas de fondo, endémicos de nuestra sociedad e íntimamente relacionados entre sí: la impunidad y la desigualdad económica. Hace un par de años, el caso de “Los Porkys” violadores de Veracruz lo ejemplificó muy bien. Cuando la diferencia entre los que tienen más y los que tienen menos es tan abismal, ¿cómo podemos esperar justicia? ¿Cómo pueden las mayorías que no tienen grandes recursos evitar que los acaudalados se conviertan en dueños de la ley? ¿Cómo puede haber democracia cuando es claro que las voces de las mayorías no pesan tanto como las de un puñado de familias privilegiadas?


Los mirreyes reproducen en las escuelas las mismas injusticias que sus padres llevan a cabo en la sociedad. Salen impunes porque, como sus padres, tienen a las autoridades comiendo de sus manos. Están acostumbrados a hacer lo que quieran y salirse con la suya porque es justo lo que hacen los poderosos en nuestro país. Peor aún, estas generaciones crecerán y heredarán las fortunas y carreras políticas de sus mayores. Estos juniors modernos, con su mentalidad de “todo me lo merezco y todos me la pelan”, ya se están convirtiendo en la nueva generación de políticos a nivel nacional. De bravucones de la escuela, pasan a bravucones de la vida pública. Y todos sufriremos las consecuencias.

viernes, 9 de febrero de 2018

Privilegio, pensamiento crítico y justicia social



I. Que coman pasteles

La anécdota es de antología. Le dicen a María Antonieta, reina de Francia justo antes de la Revolución, que el pueblo tiene mucha hambre y no tiene pan para comer. La respuesta de la reina: “Pues que coman pasteles”.

La historia es apócrifa, por supuesto, y tenía el propósito de acusar a María Antonieta de ser estúpida e inconsciente de la realidad, pues ni era tan tonta ni tan malvada la pobre. Pero podemos usarla como fábula para explicar un concepto: el de privilegio.

La reacción de esta María Antonieta ficticia nos indica su incapacidad de comprender el problema de los pobres. La idea misma de que estas personas no tuvieran nada para comer le es inconcebible. Si no tienen pan, alguna otra cosa tendrán; que coman eso, ¿cuál es el problema? Para alguien que creció sin que le faltara lo necesario para satisfacer cada necesidad y capricho, es casi imposible entender lo difícil que puede ser para alguien conseguir esas mismas satisfacciones.

Claro, nadie puede ser tan idiota como la María Antonieta de esa fábula. Pero nos muestra una constante en la vida humana: que a menudo es muy difícil entender las dificultades por las que pasan las demás personas. “Que se pongan a trabajar”, dicen los ricos sobre los pobres. Pero no es muy diferente al “que coman pasteles” de María Antonieta: creen que porque para ellos ha sido fácil tener algo, debería ser igual de fácil para todos los demás, y si no pueden conseguirlo es porque son muy perezosos. Que María Antonieta o la persona rica hayan gozado de ciertos privilegios, no ganados por ellas mismas sino otorgados por las situaciones incontrolables en las que nacieron, es una noción que no les pasa por la cabeza y que, de hacerlo, les es muy difícil de aceptar.

La palabra clave es, por supuesto, privilegio. Parafraseando lo que dice Wikipedia, se trata de un concepto sociológico utilizado en el contexto de la desigualdad social para describir las condiciones de ventaja relativa que algunos grupos de personas tienen respecto a otros. Se trata de una función de factores múltiples y de importancia variable, tales como: raza, edad, género, orientación sexual, nacionalidad, religión, capacidad física, estado de salud, clase social y otros. Las ventajas concretas pueden ser de tipo financiero o material como acceder a alojamiento, educación y empleo, así como otros de tipo emocional o psicológico, como el grado de autoconfianza y comodidad, o tener un sentido de pertenencia o valor en sociedad.

Todos tenemos ciertas ventajas y desventajas frente a los demás en distintos aspectos de la vida. El concepto de privilegio se refiere las ventajas económicas y sociales que puede tener una persona debido a factores enteramente fuera de su control. Vamos, todos tenemos problemas, pero nos vienen por formar parte de cierto grupo en un sistema que oprime a ciertas personas por su raza, género, etc. Ejemplo fácil: en un país machista como México, una mujer enfrentará una serie de dificultades a lo largo de la vida que un hombre no tendrá siquiera que conocer.

Eso no es todo; en una misma persona pueden confluir distintos “ejes de opresión”, como líneas rectas que se intersecan en un punto, suman unas desventajas con otras, o que implican ventajas en un contexto y desventajas en otro. Es decir en un país que además es racista y clasista, una mujer indígena campesina y pobre enfrentará problemas que una mujer hispana de clase media urbana no tiene ni por qué imaginar.

Es lo que se conoce como interseccionalidad, y nos permite comprender que no todas las personas de un mismo grupo están necesariamente igualmente oprimidas o privilegiadas, sino que pueden intervenir muchos otros factores, muchas otras líneas que se intersecan sobre ella. Ojo, esto no es un criterio matemáticamente exacto. No quiere decir que “si eres moreno súmale 2 de opresión, pero réstale 3 si eres de clase media alta”. Todo esto es relativo a las condiciones y al ambiente social en los que vive cada quien.

II.- Entre los ateos fantásticos y los social justice warriors




Lo anterior parecería muy fácil de entender, y sin embargo, uno se topa con cosas como éstas, de la boca de maestros del pensamiento crítico, que en otros temas son muy lúcidos:

La interseccionalidad está vista como lo aceptable. La idea misma de que un tipo que es negro, hijo de un millonario, que tiene un auto deportivo, que tiene una casa en Florida y otra en Nueva York, diga que está más oprimido que un blanco que vive en la mierda y sigue trabajando en una puta mina de carbón, representa una contradicción que amerita una aproximación crítica.

Opiniones de este tipo, esgrimidas además en nombre del racionalismo, las he visto con una frecuencia sorprendente. Dicen que el feminismo interseccional afirma que una mujer hispana y rica seguirá siendo más oprimida que un hombre purépecha pobre, o que la interseccionalidad es incapaz de explicar por qué hay hombres homosexuales que votan por la derecha.

Esto es pasmoso porque lo que le atribuyen a la interseccionalidad es exactamente lo opuesto de lo que este enfoque permite comprender. No, el negro hijo de un rico no está más oprimido que el minero blanco, ni la mujer hispana está más oprimida que el hombre purépecha, porque ambos están privilegiados debido a su clase social, uno de los ejes más importantes para entender la desigualdad. Y es claro que no todos los homosexuales tendrán las mismas opiniones políticas, en parte porque cada persona es única, pero también porque no todos están igualmente oprimidos o igualmente privilegiados. Interseccionalidad es lo que permite entender todo eso.

Sucede que existe entre la bandita escéptico-atea-librepensadora de Internet algo a lo que me gusta llamar refutitis: un afán por “refutar” aquello que se entiende sólo muy superficialmente. Un ejemplo lo vimos entre los que quieren refutar el feminismo enumerando diferencias biológicas entre los sexos. Cualquiera que se quisiera lanzar a discutir sobre lo que no conoce sería descalificado por ellos mismos de estar haciendo hombres de paja y de caer en el efecto Dunning-Kruger. Sin embargo, algunos se avientan a “refutar”, sin tantito pudor, conceptos que evidentemente no comprenden. ¿De dónde viene esta actitud?

Existen los llamados “movimientos por la justicia social”: feminismo, anti-racismo, derechos LGBTQ, etc. A menudo, más que movimientos en sí, se presentan como conjuntos de valores e ideales en contra de la desigualdad y la opresión en sus diferentes formas, compartidos por personas de ideología progresista, especialmente entre la llamada generación Millennial y en las redes sociales.

Declaración de principios: yo simpatizo totalmente con estos ideales. Creo que tienen un potencial enorme para transformar bien la sociedad para mejor, pues buscan el tipo de cambios más eficaces y duraderos, los que tienen que ver con nuestras costumbres, concepciones y actuar cotidiano. Un montón de conceptos útiles para comprender la realidad social (precisamente, como interseccionalidad y privilegio) provienen de allí o han pasado al discurso público gracias a estos movimientos.

Pero, hay que decirlo, en ellos abundan el dogmatismo, la intransigencia, irracionalidades varias y creencias de plano supersticiosas. Como en toda tribu ideológica, claro, pero como quiero ver triunfantes estos movimientos, esos defectos, nada pequeños, me exasperan grandemente. Sobre todo, porque se sabotean a sí mismos y alienan a posibles aliados.

Por otra parte, ustedes saben que soy partidario de la lógica, el pensamiento crítico, la ciencia, los valores de la Ilustración y todas esas ñoñerías. Lo que se llama “el movimiento escéptico”, que tampoco es precisamente un movimiento, sino otro conjunto de valores e ideales compartidos.

Bueno, pues me causa igual escozor cuando la banda racionalista fan de la ciencia desdeña con pueril arrogancia todo lo que pueda venir de los movimientos por la justicia social (en especial, pero no limitándose, al feminismo), que cuando la tropa socialjusticiera se niega a usar la lógica más elemental y se entrega con alegría a cualquier disparate.

Esto no tendría por qué ser así. Los valores racionalistas del movimiento escéptico y los principios éticos de los movimientos por la justicia social son perfectamente compatibles e igualmente valiosos y necesarios para el progreso de la sociedad. Con el propósito de aclarar malos entendidos, de contribuir a establecer un diálogo inteligente y fructífero, y de hallar un punto de encuentro entre ambos movimientos, fue que escribí mis dos entradas anteriores (aquí y aquí). Por eso mismo les traigo hoy este texto sobre el concepto de privilegio.

Cabe decir que aquí no pretendo pontificar, sino proponer. Tampoco arrojo piedras por no haber pecado: los errores comunes de los que hablaré los he cometido en su mayoría, y seguro los seguiré cometiendo en la vida, porque errare humanum est.

III. Privilegio como sesgo



Si los primeros contactos que tiene alguien con los temas de justicia social se dan con personas intransigentes y dogmáticas con cero voluntad para dialogar, es natural que desarrolle un rechazo hacia todo ello, sobre todo porque además esas actitudes negativas son dolorosamente comunes. Pero no creo que sea todo.

No sería muy difícil admitir que cada uno de nosotros tiene ciertos sesgos, ciertas cegueras, resultado de las situaciones en las que ha vivido, y que nos hacen difícil comprender, o incluso concebir, los puntos de vista de quienes han tenido vivencias muy distintas.

No creo que el privilegio sea una especie de pecado original que lo hace a uno irremediablemente malvado o estúpido. Tampoco creo que ayuden esos despliegues de santurronería de quienes manifiestan muy compungidos el sentimiento de culpa que les causa estar privilegiados. También dudo que haya muchos que adrede rechacen los reclamos de los movimientos de justicia social porque saben que éstos amenazan sus privilegios. Más bien, lo que sostengo es que estar en una posición de privilegio trae consigo sesgos que nos dificultan comprender los problemas de quienes están en situaciones desventajosas.

Así como la María Antonieta del cuento no podía entender por qué para el pueblo era un problema no tener pan, o los ricos no entienden por qué los pobres no simplemente se ponen a trabajar, para un hombre blanco heterosexual de clase media le serán difíciles de comprender que los reclamos de los movimientos de mujeres, personas LGBTQ o minorías étnicas. Como además estos reclamos van dirigidos contra un sistema que los privilegia a ellos, es comprensible que sientan que el ataque es personal y terminen rechazando estos movimientos.

Mi querida amiga y sensei Karen nos contó que no se había dado cuenta de lo privilegiadas que están las parejas heterosexuales, hasta que inició una relación formal con su actual novia. Nunca antes había tenido que pensar en cuándo es seguro y cuándo no darle un beso a su pareja en un lugar público hasta que su relación no fue heterosexual. ¿Cuántos heterosexuales se habrían puesto a pensar en eso?


Esto no está determinado sólo por cuán inteligentes o racionales somos. Aristóteles fue sin duda una de las mentes más brillantes y preclaras que ha dado la humanidad. ¡Caray, es el padre de la lógica! Sin embargo, no tenía empacho en decir que las mujeres y los esclavos son por naturaleza inferiores a los hombres libres. Claro, era un hombre de su tiempo, pero no cualquier hombre de su tiempo: era hijo de una familia aristocrática que trabajaba para los reyes de Macedonia. Diógenes y Epicuro vivieron por la misma época y fueron filósofos menos geniales y prolíficos, pero pudieron reconocer que la esclavitud está mal y que la equidad de géneros es posible y deseable.

Algunos de los grandes pensadores de la Ilustración (Locke, Montesquieu, Rousseau, Kant), con todo lo que contribuyeron al desarrollo del pensamiento racional, a la difusión del conocimiento y a los valores democráticos, tenían opiniones muy poco halagüeñas de las mujeres y los negros; era fácil para ellos siendo hombres blancos. Las ideas feministas tuvieron que llegar de las mujeres, filósofas ilustradas como Mary Wollstonecraft y Olympe de Gauges. Esta última denunció la hipocresía de los hombres que querían hacer la revolución para liberarse a sí mismos y al mismo tiempo preservar su dominio sobre las mujeres. Por eso la ilustradísima revolución francesa la guillotinó.

Claro, el escéptico de Internet no va a andar por ahí diciendo cosas como que es antinatural para las mujeres participar en la política o que los indios americanos no tienen derecho a la propiedad. Pero sí que podría cuestionar por qué diablos el piropo callejero debería considerarse acoso, por qué habría que dar a las mujeres espacios seguros en lugares públicos o por qué tendríamos que aceptar las cuotas de género y raza en las instituciones.

Es de llamar la atención que el movimiento escéptico de Internet estuvo desde un principio compuesto principalmente por hombres jóvenes, blancos, heterosexuales y clasemedieros (y nerdosos). Se ha señalado también, por lo menos en la anglósfera, una inquietante transformación de personalidades escépticas de Youtube (aquí y aquí), que pasaron de refutar pseudociencias, religiones organizadas y supersticiones, a atacar de lleno al feminismo, el activismo trans, Black Lives Matter y todo lo que se perciba como “corrección política” (especialmente desde el Gamergate). El caso más extremo es el del youtuber Amazing Atheist, que terminó apoyando a Trump. ¿Qué pueden tener en común estos adalides del racionalismo con los evangélicos fundamentalistas y los neonazis que apoyan a Trump? Nada, salvo su odio por los movimientos de justicia social.

Tampoco haber sufrido una clase de opresión es suficiente para comprender la opresión en la que viven los otros. Recuerdo una escena de Maus en la que el padre de Art Spiegleman, después de contar su historia de supervivencia en los campos de exterminio nazis, expresa sin tapujos su repugnancia a compartir un auto con un hombre negro.

Así, un conocido divulgador de la ciencia, orgullosamente gay, un día puede celebrar que se apliquen leyes contra los insultos homofóbicos, y al siguiente lamentarse de la “corrección política” en que nos han metido las mujeres que se quejan del acoso callejero. O un día puede burlarse de lo ridículas que son las peticiones para sacar del aire a un locutor que hizo comentarios misóginos, y el mismo día compartir una petición para sacar del aire a otro locutor que hizo comentarios homofóbicos. #TrueStory

Nacho, creado por Cynthia Híjar

La argumentación anterior no pretende afirmar que cualquier objeción o crítica proveniente de un hombre blanco heterosexual contra los movimientos de justicia social sea exclusivamente producto de los sesgos propios de estar en una posición de privilegio. De hecho, en un momento veremos que una afirmación así tampoco es sostenible.

Lo que en realidad quería mostrar es que es posible, de hecho muy común, para una persona, por demás racional y sensata, dejarse llevar por los prejuicios propios de su posición de privilegio. Lo que deseo es que todos tengamos en cuenta esta posibilidad, para reconocer el error cuando caigamos en él. Conocer los nombres de sesgos y falacias no es suficiente para evitarlos; resulta que somos mejores detectando las fallas de razonamiento de los demás que las nuestras propias. Es por eso que necesitamos siempre contrastar nuestro pensamiento con lo que nos dicen los otros.

A la frase “checa tu privilegio” no debería responderse con mea culpas inútiles que no ayudan a nadie, sino con reflexión y autocrítica: ¿Estas ideas que tengo no tienen nada que ver con el hecho de que me encuentro en una posición de privilegio? ¿De verdad no estoy opinando a partir de prejuicios?

Bien puede ser que la oposición de una persona a, digamos, el feminismo, provenga de que después de una reflexión honesta, haya llegado a la conclusión de que se trata de un conjunto de dogmas irracionales sin nada valioso que aportar. Pero, ¿saben? Cuando veo a la bandita librepensadora declarando abiertamente su admiración por una negacionista de la ciencia y promotora de teorías pseudohistóricas como Camille Paglia; cuando los veo compartiendo “refutaciones” al feminimo armadas con falacias lógicas de manual de preparatoria; cuando se desagarran las vestiduras por las edecanes de la Fórmula 1 que se quedaron sin trabajo “por culpa de las feministas”, pero nunca manifiestan indignación ante casos de feminicidio o abuso sexual con esa misma enjundia … en fin, cuando los veo así, pues resulta difícil creer que es sólo un inflexible apego a la racionalidad lo que guía sus opiniones.

IV. El animal empático



No soy partidario de ese principio esencialista según el cual la experiencia individual es ininteligible e incomunicable; que es imposible entender lo que ha vivido el otro, y que por lo tanto no queda más que aceptar sin cuestionamientos lo que cada quien dice de su propia experiencia, pues de lo contrario estaríamos “negando su subjetividad”. Así, según se plantea, una persona privilegiada simplemente no puede siquiera entender lo que es la opresión y por lo tanto no puede tener opinión al respecto, sino validar lo que la persona oprimida la dice.

En realidad somos seres sociales que a lo largo de generaciones hemos evolucionado con las herramientas cognitivas para comprender a los demás. La llamada “psicología intuitiva” nos permite tener ideas bastante claras de lo que pasa por la cabeza de nuestros semejantes; la empatía es la capacidad de ponernos en el lugar de los otros.

Cuando se trata de experiencias extraordinarias y ajenas a nosotros mismos, es posible comprenderlas, si bien nunca tan completamente como la persona que las vivió, por lo menos sí hasta cierto punto. Es posible, pero muy difícil, porque ello requiere voluntad de aprender, apertura de mente y, sobre todo, la disposición para escuchar atentamente a la persona que lo vivió.

Pensemos en la guerra, una clase de experiencia que cada vez menos humanos tienen la desgracia de vivir (¡sí, a pesar de todo!). ¿Cómo podríamos, aquellos que tenemos la fortuna de jamás haber estado en una guerra, empezar a entender lo que significa vivirla? Lo más importante sería escuchar los testimonios de quienes sí la vivieron (por ejemplo, leyendo sus memorias). El problema es que la gente tiene la tendencia a opinar de lo que no sabe, sin preocuparse ni un poquito por averiguar. Sería ridículo quien quisiera presumir de saber lo que significa haber vivido la Primera Guerra Mundial sólo por tener los datos de que sucedió de 1914 a 1918, y que se dio entre los Aliados y las Potencias Centrales. Pues se ve igual de ridículo quien quiere pontificar sobre cuáles actos son sexistas y cuáles no, o sobre cómo deberían comportarse las víctimas de sexismo, sólo sabiendo que el sexismo existe y que está mal.

Hablando de la Gran Guerra (ustedes saben que soy un nerd de la historia y es uno de mis temas favoritos), hay una escena en Sin novedad en el frente que me ayudó a que me cayeran muchos veintes sobre todo esto de opinar desde una posición de privilegio. Cuando Paul, nuestro protagonista, está de licencia y se le permite visitar su pueblo natal, se topa con un par de hombres mayores que discuten en un café sobre la inevitable victoria de Alemania y cuáles son las estrategias para llevarla a cabo lo más pronto posible.

Paul, estupefacto, trata de hacerles ver que la realidad de estar en el frente es muy distinta de lo que ellos están imaginando, que las condiciones en las trincheras son un total desastre y que miles de jóvenes están muriendo todo los días en acciones inútiles sin que haya ganancia, por no decir victoria, a la vista. Los hombres mayores, que no fueron reclutados y jamás han visto el campo de batalla, simplemente desdeñan las palabras de Paul y le dicen “bah, es que tú no estás viendo la imagen total…” y, seguros de que entienden más de la guerra que el soldado que la está peleando, prosiguen con sus teorías.

V. Privilegio como ad hominem



Por otro lado, esto no significa que cualquier cosa que diga una persona en una situación de privilegio está mal, o que cualquier cosa que diga una persona de un grupo oprimido está en lo correcto. Eso sería caer en la falacia ad hominem, que consiste no en analizar los argumentos, sino las cualidades de quien los enuncia. Usado así, un término que debería invitarnos a la reflexión y la autocrítica para construir mejores conversaciones, se convierte en una interjección para bloquear el diálogo, como una carta de Magic que le da la victoria a quien la esgrime sin tener que argumentar más. Hay toda una familia de términos abusados de esta manera: mansplainning, tone policing… y sí, también falacia.

Lo que decía hace un momento, sobre que es más fácil detectar los sesgos en los demás que en uno mismo, es igualmente cierto para una persona que se encuentra en una situación de desventaja. El pensamiento tribal y el razonamiento emocional son trampas en las que cualquiera puede caer. Por ejemplo, la psicología cognitiva nos dice que los procesos de victimismo son reales y bastante comunes: el que una persona se sienta atacada o perseguida, no significa que lo que esté siendo.

Aquí no estoy tratando de hacer una equivalencia. Moralmente hablando, exagerar identificando actos de opresión donde no los hay no es igualmente malo que minimizar o negar los actos de opresión existentes. Tampoco estoy diciendo que factualmente se den con igual frecuencia los casos de falsas acusaciones de violencia opresiva que los de opresión real. Lo que quiero decir es que es perfectamente posible que una persona privilegiada esté en lo correcto y que una persona oprimida esté equivocada, sí, incluso discutiendo temas de opresión. Es poco probable, es difícil y es arriesgado suponer de buenas a primeras que ése es el caso, pero no es conceptualmente imposible, como parece que algunas personas en los movimientos de justicia social quisieran establecer.

Es muy común que los privilegiados quieran ningunear lo que una persona de un grupo oprimido dice, sin siquiera asegurarse de que entienden lo que está diciendo, con apenas unos conocimientos superficiales del tema y sabiendo los nombres de algunas falacias argumentales que aplican indiscriminadamente. Sin embargo, hay que estar atentos: una opinión miope y obtusa puede tener su origen en la ceguera que viene por default al estar en una situación de privilegio. Pero una opinión no se vuelve ipso facto equivocada sólo porque quien la esgrima está en una situación de privilegio. Una persona perteneciente a un grupo oprimido tiene una experiencia inigualable que le da un entendimiento de su propia situación que la persona privilegiada no tiene. Pero lo que dice una persona oprimida no se vuelve automáticamente justo y verdadero sólo porque lo dice ella.

El problema es cuando las relaciones de poder y privilegio entre grupos se quieren convertir en criterios únicos y universales de verdad y de moral. Creo que esto es resultado del nihilismo en el que nos dejó el relativismo extremo de la contracultura posmoderna del siglo XX: al declarar que no existe la verdad, que la objetividad es una ilusión y que los valores morales son relativos, nos dejaron en flotando en el vacío.

Pero como necesitamos un asidero del cual sostenernos, al final se acabó recurriendo a un nuevo criterio totalizador: lo que se hace desde un grupo privilegiado hacia uno oprimido, es siempre moralmente incorrecto; lo que afirman quienes están en un grupo oprimido debe tomarse como verdad. Esto lleva a que acciones groseras, desconsideradas o de mal gusto sean revaloradas como actos de violencia opresiva; basta que una persona se sienta violentada por ello.

Resulta muy tentador pensar que el punto de vista propio es el neutro y universal, libre de los sesgos que afectan a los demás mortales. También resulta muy seductor un axioma que le dice a alguien cuya voz siempre ha sido ninguneada: en estos asuntos tienes siempre tú la razón, y cualquier cuestionamiento o disenso que te puedan plantear es en sí mismo un acto de violencia opresiva, una evidencia más de lo equivocados y ciegos que están los otros. Pero no deja de ser irracional.



Es por eso que necesitamos recuperar ese common ground, ese terreno en común en el que podemos comunicarnos. Debemos mantener en nuestras mentes el principio de que yo podría estar equivocado, de que a lo mejor el otro entiende algo que yo no, como válvula de escape que nos permita salir del error.

Es más: aun si estás en lo cierto, piensa que a lo mejor para la otra persona no es tan fácil como para ti abordar el tema fríamente y demuestra consideración por sus sentimientos si te de verdad te interesa persuadirla. Aun si estás en lo cierto, piensa que para la otra persona eso de lo que hablas es ajeno y difícil de entender, y que no puedes esperar que acepte lo que dices sólo por ser quien eres.

Necesitamos pensamiento claro, conocimiento y empatía para poder establecer diálogos constructivos. Creo que a fin de cuentas ése es el meollo de todo esto.

jueves, 1 de febrero de 2018

El sueño americano en la Laguna Negra



Dedicado a mi querida amiga Nadia

La nueva película de nuestro querido sensei ñoño mexicano, el enorme Guillermo del Toro, ha recibido toda clase de preseas y alabanzas, que incluyen un Globo de Oro para el adorado gordo y múltiples nominaciones a los premios de la Academia. Siendo fan, desde lo más profundo de mi kokoro, de don Memo, andaba muy emocionado por esta cinta. Luego empezaron a aparecer comentarios de mis contactos en las redes sociales, diciendo que la peli está sobrevalorada, que no es la gran cosa, o que de plano es malosona y cursi. Ante opiniones tan divergentes, lo único que se puede hacer es verla por uno mismo, que es lo que encarecidamente recomiendo a los lectores.

Pero como supongo que están aquí en busca de alguna opinión, reseña o análisis, déjenme decirles lo que yo pienso de La forma del agua. En pocas palabras: es buena, muy buena. No, no es la mejor película de Del Toro. No es, ni de lejos, El laberinto del fauno. Probablemente nada pueda serlo. Es mucho menos original y poderosa; es poco sutil y algo condescendiente. Pero definitivamente está más en el grupo de esa película, de El espinazo del diablo y de Cronos que en el de, por ejemplo, Titanes del Pacífico.

La trama, la sucesión de acontecimientos, no es novedosa en lo absoluto. Es la ya conocida historia del humano que traba amistad con una criatura extraña pero de buen corazón, a quien las fuerzas del establishment persiguen y privan de su libertad. Un poco como E.T. o incluso Liberen a Willy. Por lo que he visto en los memes, a muchos nos recordó ese capítulo de Hey Arnold! en el que nuestro héroe ayuda a una tortuga gigante a escapar de un acuario.




La diferencia principal con este tipo de historias radica en que la criatura no es ni más ni menos que el Monstruo de la Laguna Negra y que la protagonista es una mujer adulta que se enreda romántica y sexualmente con el bicho en cuestión. Que tampoco es del todo nuevo: existe una larga tradición de erotismo entre monstruos sexosos y mujeres hermosas en diversas artes y medios.

Fuera de ello, la fórmula de ese tipo de historias es la clásica: está el villano autoritario, el momento en el que monstruo parece una bestia salvaje pero luego se revela como un ser tierno y entrañable, la escena chistosa del bicho tratando de adaptarse al hogar donde lo esconden, el suspenso cuando intentan escapar… En fin, lo esperado. De hecho, como bien dicen, no hay muchas emociones en una trama tan cliché y predecible.

Entonces, ¿qué tiene que aportar La forma del agua? Mucho. Su fotografía y su diseño de producción hacen que cada cuadro de esta película sea hermoso a la vista. La realización y las actuaciones son también de primer nivel. Pero no por eso hay que creer que sus méritos se quedan en estética superficial. Para ser una premisa que nació como un fanfic de la infancia de su creador, es mucho mejor de lo que tiene derecho a ser.

La simpleza misma de la historia permite enfocarse en todos los otros elementos que integran la película. Para apreciarlos por completo se necesita una lectura detallada, fijarse en los múltiples detalles, con los que Del Toro construye su obra y expone sus temas y significados. La trama sirve para explorar todo ello.

Hagamos un sencillísimo análisis semiótico (se oye más mamalón de lo que es) de esta cinta, no más para rascar la superficie y ver que hay debajo mucho más de lo que aparenta. Spoilers ahead! 




Estamos en plena Guerra Fría, el juego de ajedrez geopolítico entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Por supuesto, cada bando se presentaba a sí mismo como el bueno y al otro como opresor de los pueblos y enemigo de la libertad.

La ciencia ficción de aquellos años lo refleja. Los monstruos, experimentos fallidos, fósiles vivientes e invasores extraterrestres, que irrumpían en los pacíficos suburbios americanos, eran un reflejo del miedo a una eventual agresión rusa, a la difusión de la ideología comunista y a la posibilidad de un cataclismo nuclear.

Guillermo del Toro toma esos tópicos y personajes característicos del cine de aquella época y los trastoca y subvierte. En vez del suburbio poblado por familias blancas de clase media, nos ubica en el interior de la ciudad, en un edificio habitado por extranjeros y otros personajes marginados. En vez de ubicarse en los años 50, de donde provienen la mayor parte de esas películas, se encuentra ambientada a principios de la década de los 60. Sigue siendo la era del American Dream, pero ya mucho más cerca de su final; pronto las contradicciones de este sueño saldrían a flote con eventos como el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, la irrupción de los movimientos por los derechos civiles y el surgimiento de la contracultura sesentera.

La forma del agua pone en evidencia dichas contradicciones, mostrándonos lo que yacía bajo la superficie del sueño americano. Los indicios de que está por derrumbarse se anuncian en la película, aunque aparezcan escondidos como simples detalles o referencias: son señales de las inequidades que se asoman por las ventanas del castillo de naipes que la sociedad estadounidense ha construido. Por ejemplo, el arma predilecta del Coronel Strickland es una macana, símbolo de la represión política. Incluso dice que “viene desde Arizona”, dando a entender que había sido usada contra los negros en ese estado sureño, uno de los más importantes campos de batalla en el movimiento anti-segregación.



No es gratuito que todos nuestros héroes sean los excluidos del sueño americano: una mujer que literalmente no tiene voz, otra mujer afroamericana (y ambas empleadas de limpieza) y un viejo artista homosexual. Y claro, el monstruo mismo, uno de los más emblemáticos de la ciencia ficción clásica de la época. ¿Por qué precisamente esa criatura? Debe ser un favorito Del Toro. Él mismo ha dicho que desde que vio El monstruo de la Laguna Negra (1954), imaginaba un final feliz para la criatura y la joven interpretada por Julie Adams. Cuando Universal lo consideró para hacer un refrito, Del Toro les propuso aquella idea, pero el estudio la rechazó.

De los monstruos de aquella época, este hombre-pez es el más trágico. En la primera película ve su hogar en el Amazonas invadido por extraños. La hermosa escena de la “danza acuática”, en la que la guapa joven interpretada por Adams nada en la superficie, mientras el monstruo la sigue bajo el agua, exuda erotismo. En la segunda entrega, La venganza del monstruo (1955), es capturado y llevado a un parque acuático en Florida. La tercera y última, El monstruo camina entre nosotros (1956) es quizá la mayor inspiración para el film de Del Toro. En ella, la criatura sufre una intervención quirúrgica que le permite usar pulmones para respirar en la superficie, pero a cambio pierde la capacidad de volver al agua. El monstruo trata de adaptarse a vivir entre los humanos, mientras añora melancólicamente el agua, pero la crueldad de los hombres lo lleva a un final trágico.



Es significativo que éste y otro personaje, que habrían sido los villanos en una película de monstruos cincuentera, sean aquí de los buenos. Ese otro personaje es, claro, el científico-espía ruso. Por otro lado, la milicia estadounidense, que habría sido retratada con heroísmo en los cincuenta, es una fuerza del mal en esta cinta. No es que los soviéticos salgan mejor parados; son de hecho aun más brutales. Pero el caso es que la Guerra Fría queda plasmada como un cruel juego en el que seres sin poder se ven atrapados y son usados como recursos desechables por los que mueven las fichas.

De muchas maneras, La forma del agua hace por el sueño americano lo que El laberinto del fauno hace por la España franquista. Strickland, nuestro villano, comparte muchas características con el Capitán Vidal, en cuanto a que ambos son hombres autoritarios hasta la tiranía y absolutamente carentes de compasión. Sobre todo, ambos representan un torcido ideal de masculinidad de sus respectivas sociedades.

Strickland es un hombre que tiene la vida perfecta según el ideal de su época. Un alto puesto en un trabajo de prestigio, una buena posición social, una bonita casa, hijos educados, una esposa a la vez sexi y servicial. Sin embargo, nunca está satisfecho. Tiene la necesidad de controlar y dominarlo todo, de autoafirmarse como hombre exitoso. Hasta se compra no sólo un Cadillac nuevo, sino la fantasía que viene con él. Muestra desdén, incluso crueldad, hacia aquellos que se encuentran bajo él en la jerarquía. A pesar de tener en casa a una mujer hermosa que lo espera para darle comida y sexo, se siente con la necesidad de acosar a una mujer subordinada.



Conforme avanza la película, lo vemos deteriorarse en su masculinidad. La mano con la que empuña el arma literalmente se le va pudriendo poco a poco; el automóvil que era el símbolo de su éxito queda destrozado; su posición en la jerarquía pende de un hilo. La película incluso nos permite tener un momento de compasión por este personaje, pues sabemos que no es solamente que sea malvado como individuo. Es que forma parte de un sistema inhumano que usa a las personas y las desecha cuando ya no le son útiles; su estatus, su poder, su autoestima misma, dependen de su completa subordinación a ese sistema.

En oposición a la masculinidad tradicional de Strickland, tenemos a otros dos personajes: Giles, el pintor gay, y Dimitri, el científico ruso. El primero no sólo es homosexual, sino un artista, profesión considerada inútil y poco lucrativa. Dimitri es un hombre tímido y sensible, un nerd desdeñado constantemente por los militares. Sin embargo, ambos muestran un tipo de fortaleza, diferente a los despliegues de autoritarismo y violencia física de Strickland: ellos demuestra valentía moral. Ante la injusticia, prefieren arriesgarse para hacer lo que consideran moralmente correcto, aunque ello signifique desafiar a la autoridad y al sistema mismo que los tiene oprimidos. Strickland nunca es capaz de ello, ni siquiera cuando ese mismo sistema está por descartarlo como basura.



Todo lo cual nos lleva a hablar de las verdaderas heroínas de la historia: Elisa[1] y Zelda, dos personas que se encuentran en uno de los puntos más bajos del escalafón social estadounidense: mujeres, empleadas de limpieza, una muda, la otra negra. La posibilidad de que sean ellas quienes estén saboteando los planes de Strickland le es tan ajena en un principio, como su temor a la humillación que implica ser derrotado por ellas. Lo expresa él mismo a través de la historia de Sansón, el relato arquetípico del héroe viril emasculado por la perfidia femenina.

Al final, Strickland, verdadera cara del “sueño americano”, se halla vencido por todos los excluidos del mismo: mujeres, negros, maricas, extranjeros, ñoños… y el monstruo, símbolo definitivo de la otredad a la que no entiende, pero pretende someter. Las últimas palabras de Strickland implican no sólo la admisión de su derrota, sino la caída de toda su cosmovisión. Después de todo, el monstruo en realidad era un dios.


Esta reseña se publicó originalmente en Soma.


[1] El personaje de Elisa está basado en las leyendas de “niños del mar”, que son encontrados cerca de cuerpos de agua. Estos niños siempre tienen alguna característica física que los diferencia de los demás y muestran un gusto inusual por el agua. Al final de la historia, cuando alcanzan la edad adulta, estos individuos vuelven al mar. Entre las leyendas de “niños del mar” más famosas están la italiana de Niccolò y la española del hombre pez de Liérganes.

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