viernes, 28 de julio de 2017

King Kong: En el corazón de las tinieblas




Y entonces la bestia miró el rostro de la bella
y detuvo su mano asesina
y desde ese día la bestia estuvo perdida.


Antiguo proverbio árabe


King Kong es una de mis historias favoritas. Nótese que dije “historia” y no “película”. Simplemente, me fascina todo en esta increíble aventura. Me encanta su simiesco protagonista, uno de los personajes más grandiosos que nos ha dado la Era Dorada de Hollywood. Me alucina toda la historia que hay detrás de su producción, resultado de la mancuerna entre dos tipos extraordinarios como Merian C. Cooper y Willis O’Brien. Me puedo clavar en sus múltiples capas de significado. Y bueno, tiene dinosaurios.

“¿Neta, Ego?” Se estarán preguntando con una ceja alzada “¿King Kong? ¿La historia de un gorilota que secuestra a una chica y derriba un par aviones?” Pues sí, miren. Kong es una obra maestra accidental y en este ensayo estoy dispuesto a demostrarles por qué.

Originalmente quería hacer una reseña de cada una de las versiones cinemáticas del Rey de los Monos, pero Lindsay Ellis ya lo hizo muy bien. Así que me concentraré hablarles de King Kong como una obra típicamente colonialista que se convirtió accidentalmente en una metáfora anti-colonialista. No crean que estoy haciendo un “Jurassic Park trata de la familia”; esto va en cereal.

La literatura colonial



Como relato, aunque sea una obra cinematográfica, King Kong se inserta en la tradición de la literatura colonialista, más específicamente en el subgénero del “mundo perdido”, cuyos ejemplos más señeros serían Las minas del rey Salomón de H. Ridder Haggard (1885), El hombre que sería rey de Rudyard Kipling (1888) y, vaya, El mundo perdido de Sir Arthur Conan Doyle (1912).

En la segunda mitad del siglo XIX ocurrió el gran reparto del mundo entre las potencias europeas (y, en menor medida, de Estados Unidos), con lo que da inicio una nueva “edad de oro” para el colonialismo occidental, que no se dio sólo en el “continente negro”, sino también en Asia y los archipiélagos del Pacífico y el Índico. La conquista y la explotación de los pueblos del mundo iba de la mano de un afán de exploración y descubrimiento, de la búsqueda de aventura por parte de los hombres blancos del “mundo civilizado” en tierras en las que aun podían existir magia, misterio y emociones intensas, oportunidades para que los hijos de la civilización probaran su fortaleza ante la naturaleza indómita y su superioridad frente al “hombre salvaje”.




La literatura colonial se centraba en los aspectos románticos del colonialismo: la aventura, el asombro y el combate; y las historias de mundos perdidos eran el non plus ultra de esta tradición, llevando sus tropos a niveles hiperbólicos. Si las exploraciones reales habían encontrado culturas que nunca antes habían contactado con los hombres blancos, en estas narraciones se descubrían civilizaciones que habían permanecido aisladas del resto del mundo durante siglos o milenios. Si en las expediciones históricas se hallaban animales asombrosos y escenarios naturales impresionantes, en los mundos perdidos uno podía toparse con bestias extintas mucho tiempo atrás o de plano inexistentes.

La actitud de los autores de literatura colonial hacia los pueblos de los lugares conquistados varía entre el racismo más chocante hasta cierto paternalismo benévolo, pero siempre desde una posición de superioridad. Kipling, por ejemplo, retrata a los habitantes de india como tontos supersticiosos o salvajes traicioneros; el buen indio es el que conoce su lugar y se somete servilmente al amo blanco. Kipling es famoso por haber acuñado la frase “la carga del hombre blanco”, es decir, su responsabilidad de civilizar a un mundo salvaje y violento (y lucrar con ello, dicho sea de paso).

Haggard, en contraste, expresa admiración y respeto por los guerreros africanos con los que convivió en la vida real. En un famoso pasaje de sus obras, pone en boca de su personaje Allan Quatermain una comparación expresa entre el hombre salvaje y el civilizado, encuentra en ambos la misma naturaleza bajo las apariencias y cuestiona la superioridad de la civilización. Pero no deja de retratar a los “nobles salvajes” como simples de mente.

Doyle, por su parte, no tiene empacho en mostrar el horrible genocidio de una raza de hombres simio a manos de los héroes de su historia, mismos que “ayudan” (en realidad, manipulan y dominan) a una tribu de indígenas amazónicos. De un personaje mulato llega a decir que es “tan fuerte como un caballo y tan inteligente como uno”.

El padre de Kong



Entra en escena Merian C. Cooper, un personaje extraordinario para cualquier época. Nacido en Florida en 1983, tuvo una vida llena de sucesos fuera de lo común. Antes de ser productor y director de cine, fue piloto de combate. En 1916 participó en la expedición americana para buscar a Pancho Villa en México. Entre 1917 y 18 participó como piloto de combate en la Primera Guerra Mundial, y en la guerra Polaco-Soviética entre 1919 y 21. En ambas guerras fue derribado y capturado por el enemigo, por lo que pasó un tiempo en campos de prisioneros, uno alemán y otro soviético. De este último logró escapar.

Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la India, China y el Pacífico, retirándose con el grado de general brigadier. Incluso estuvo en el USS Missouri para presenciar la firma de la rendición del Imperio Japonés. En tiempos de paz se convirtió en uno de los fundadores de Pan American Airways.

Además, Cooper fue periodista, escritor de varios libros, explorador y documentalista. Fue miembro del Explorers Club y de la American Geographical Society. De hecho, se inició en el cine como director del documental Grass, sobre un pueblo de pastores en Irán. Otras producciones siguieron a este primer éxito. Combinando sus pasiones del cine y la aviación inventó novedosas técnicas que permitían filmar desde los aviones.



Cooper fue, sin duda, la encarnación del ideal del hombre moderno en las últimas décadas del colonialismo occidental sobre los demás pueblos de la tierra. Era al mismo tiempo soldado y explorador, artista y empresario, hábil con la tecnología y preparado para sobrevivir y triunfar en los territorios salvajes y primitivos del mundo.

Según lo contaba él mismo, Cooper concibió su obra maestra King Kong después de soñar que un gorila gigante aterrorizaba la ciudad de Nueva York. Sus frecuentes paseos en aeroplano entre los rascacielos de la ciudad lo inspiraron para el clímax de la película. De hecho, él fue uno de los pilotos que derribaron a Kong al final, además de ser el productor, guionista y director de la cinta. Todo un hombre orquesta, se proyecta en la obra como el personaje Carl Denham, el líder de la expedición hacia la Isla Calavera.

¿De qué va King Kong?



En principio, King Kong (1933) es una gran película de aventuras. Por ese lado, Cooper tiene una estupenda intuición narrativa. Inicia presentándonos a los personajes y les da el tiempo para desarrollarse; se sienten como individuos de carne y hueso (incluso si están estereotipados) que viven en el mundo real.

Ello es parte del aire de verosimilitud que Cooper se esmera por dar a su descabellada historia. Se ubica en el tiempo presente, en una sociedad azotada por la Gran Depresión. Los personajes discuten y especulan sobre la mítica Isla Calavera antes de llegar a ella, más o menos como lo harían los exploradores reales. De forma que una vez que empieza la fantasía más alocada, como público ya estamos enganchados.

¡Y vaya aventura! Nativos, sacrificios, dinosaurios, un gorila gigante (encarnación de la naturaleza salvaje) peleando con aviones en la cima del Empire State (símbolo máximo de la modernidad). Una Isla Calavera en la que se pueden sentir siglos de historia anterior a la llegada de nuestros protagonistas, un lugar cuyos misterios y secretos apenas empiezan a rascar.


Por supuesto, como relato recupera los tropos clásicos del subgénero del mundo perdido. La tierra lejana y exótica, los nativos hostiles, incluso los dinosaurios. La idea de un monstruo prehistórico atacando una ciudad moderna tampoco era nueva. Años antes, en 1925, se había estrenado la adaptación cinematográfica de El mundo perdido, la novela de Doyle, que contó con el trabajo de Willis O’Brien, uno de los grandes magos del cine y quien también daría vida a Kong. La película sigue al libro con bastante fidelidad, excepto por el último acto, en el que un brontosaurio es llevado a Londres y aterroriza la ciudad.

King Kong iba a ser una historia más de este tipo, un relato colonialista más en el que valerosos hombres blancos se enfrentan a la naturaleza salvaje y a las gentes primitivas en escenarios exóticos y prevalecen (y salvan a la chica).

El mismo Kong ha sido visto como una representación racista de las gentes no blancas. En efecto, la comparación de las personas no caucásicas -y en particular las de raza negra- con monos o simios ha siempre sido una constante en el discurso racista, así como la idea de que “esos salvajes quieren a nuestras mujeres”. Y si la versión de 1933 deja muy ambiguas las intenciones de Kong sobre la rubia Ann Darrow (interpretada por la scream queen Fay Wray con sus inigualables alaridos), la de 1976 (con la sensual femme fatale Jessica Lange) deja clarísimo hasta niveles ridículos que el simio gigante quería aparearse con ella.

La metáfora accidental



Cuando los aviones pelearon contra Kong, Cooper esperaba que esa escena fuera entendida como el heroico rescate de la damisela en peligro por parte de la caballería (recuerden que Cooper era uno de los pilotos), y como la derrota final del monstruo que había estado aterrorizando a la ciudad. Casi como una versión fantástica del final de la infame y grandiosa épica racista El nacimiento de una nación.

Pero entonces algo sucedió; algo que nadie se esperaba. Cuando Kong derribó al primer avión, el público rompió en aplausos. Cuando Kong cayó derrotado, la gente se entristeció. ¿Por qué? Porque no veían a Kong como el villano, sino como un héroe trágico.

Sucedió que Willis O’Brien se había esforzado por hacer de Kong algo más que una bestia sin mente. Kong es todo un personaje, con un rango muy variado de emociones. A veces muestra confusión, a veces furia, a veces satisfacción, y en ocasiones es capaz de expresar una gran ternura. Ann Darrow gritaba de terror por su presencia, pero él se ve haciendo de todo para protegerla y mantenerla a salvo, incluso sacrificando su propia vida. Al final, cuando Kong está herido de muerte, justo antes de caer del Empire State, su última acción es acariciar el cabello de Ann.


Si Kong es entendido como el protagonista y no como el villano cambia toda la perspectiva de la película, y de ser una típica aventura colonialista se convierte accidentalmente en una metáfora contra el colonialismo, como una advertencia sobre lo que sucede cuando con el afán de riquezas o aventuras, una sociedad cae sobre otra.

No la vemos ya como el triunfo de la civilización sobre la barbarie, sino como la irrupción violenta de la modernidad sobre una sociedad tradicional a la que perturba y destruye (la presencia de los extranjeros provoca que Kong ataque la aldea nativa). Como la de una sociedad frívola que viola a la naturaleza virgen y abduce de ella a un ser que en su tierra es rey y dios, que lo esclaviza y lo convierte en un espectáculo de circo y que finalmente lo mata.

Lo más curioso es que ambas interpretaciones coexisten perfectamente en King Kong: escaparate de la ideología colonialista y metáfora contra el colonialismo. Y, para bien o para mal, estas interpretaciones han sido subrayadas en lecturas posteriores. Pero antes de seguir, es necesario hacer una digresión. Si King Kong está en la tradición de la literatura colonial, una gran obra literaria ha influido enormemente en la forma de leer la historia de nuestro trágico gorila.

El horror, el horror



El corazón de las tinieblas (1899) es una novela breve del escritor polaco-británico Joseph Conrad. Trata del viaje del joven Marlow al Congo belga tras aceptar un trabajo como piloto de un barco de vapor. Para él los sueños de aventura se convertirán en una odisea hacia la oscuridad del alma humana.

Con una prosa increíble, evocadora de atmósferas y sentimientos sobrecogedores, Conrad hace un retrato de los horrores del colonialismo europeo en África. Su obra es, entre muchas otras cosas, una necesitada desromantización de los mitos coloniales que se perpetuaban en las novelas de aventuras.

En su retrato del colonialismo, Conrad deja en claro que éste sólo trae sufrimiento inmerecido para los africanos y degradación moral para los europeos. Los primeros son sometidos a la esclavitud, la guerra, la deportación, las enfermedades y la tortura. Los últimos revierten a sus instintos más bajos, se vuelven indiferentes, crueles o perversos. No hay en estas tierras exóticas aventuras, sino pestilencia, calor insufrible y parásitos. No está ahí la gloria de “expandir la civilización”, sino la esclavitud, las matanzas y las violaciones.

¿Es Conrad racista? Sí, pero también es anti-imperialista. Es decir, retrata a los africanos como criaturas salvajes, parte indistinguible de la selva voraz que domina las riberas del Congo. Sus maneras son animalescas y su lenguaje son sonidos infrahumanos. Pero también es capaz de sentir empatía por ellos, víctimas de una brutalidad inhumana, de unas leyes y castigos que llegaron del océano incomprensiblemente como un atroz prodigio.


Se han hecho múltiples interpretaciones de la novela y su rica simbología. Aquí va la mía: Kurtz, el jefe de la estación central extractora de marfil, es una personificación del colonialismo europeo. Se habla de él como una Voz, se elogia su gran elocuencia ("expandió mi mente, me hizo ver cosas"), su genio multifacético (es pintor, músico, periodista), la forma en que los nativos lo idolatran como un Júpiter que sostiene el rayo en sus manos.

Pero ¿quién es en realidad? Sus palabras, sus ideas, su fama pueden hablar de grandeza, pero su aspecto físico muestra la cercanía de la muerte y la animalidad: está calvo, consumido, se arrastra en cuatro patas; y sus acciones muestran la brutalidad a la que ha descendido: decapitaciones, trofeos macabros, un harem de mujeres nativas, matanzas y pillaje, e "inefables rituales" de cuya naturaleza el narrador calla. Su famoso panfleto acerca de la eliminación de las costumbres bárbaras inicia con exaltaciones nobles a la gran causa civilizatoria, pero conforme avanza se va haciendo más y más delirante hasta terminar con la frase "¡extermínenlos a todos!".

En eso consiste el ideal del colonialismo occidental: grandiosas palabras, bonitos sentimientos y causas nobles. En realidad, es algo corrupto y decadente, una fuerza a favor de una barbarie incluso más brutal e inhumana de la que alega redimir a los pueblos del mundo. Y es que, como dice Marlow sobre Kurtz, "toda Europa contribuyó a su creación". O lo que es lo mismo, Kurtz es Europa.

Apocalipsis ahora



La importancia cultural de El corazón de las tinieblas es insoslayable y ha sido sujeta a múltiples interpretaciones. Una de las más famosas adaptaciones de la novela es la magna obra de Francis Ford Coppola, Apocalipsis ahora (1979), con un inigualable Marlon Brando como el coronel Kurtz.

Si Conrad desromantizaba el mito colonialista europeo del siglo XIX, Coppola hace lo propio con el mito imperialista estadounidense de mediados del XX, al transportar la acción al escenario de la guerra de Vietnam (subvirtiendo así el mensaje original del guionista John Milius, un tipo bastante de derechas). Los europeos conquistaban en nombre de la civilización; los americanos en nombre de la libertad y la democracia. Ambos dejaban a su paso destrucción y barbarie en los territorios conquistados, y degradación moral o traumas psicológicos en generaciones de soldados.

¿Qué tiene que ver todo esto con King Kong? Nada, en principio. La película original sigue la tradición de la literatura colonialista sin cuestionarla. Lo mismo la ridícula versión de 1976, excepto que mete algunas preocupaciones ambientalistas en boca del personaje de Jeff Bridges, y algo del discurso de “dejar a los nativos en paz”, aunque sean unos salvajes.

Pero todo cambió cuando Peter Jackson tomó las riendas de un nuevo refrito en 2005. Jackson pretendía hacer una cinta realmente ambiciosa, comparable a su trilogía de El Señor de los Anillos. Bueno, sin duda hizo una película muy larga.




La influencia de El corazón de las tinieblas en la nueva adaptación es bastante literal. Con saber que uno de los personajes, el joven Jimmy, lee la novela durante el viaje a la Isla Calavera. Su mentor, el primer oficial Ben, comenta el libro con él, y lo que dice acerca de internarse hacia el centro de la oscuridad es como un presagio de lo que los personajes están por vivir en la tierra de Kong.

Estos ecos de la obra de Conrad se presentan de nuevo en Kong: Skull Island (2017) de Jordan Vogt-Roberts, cinta cuyo estúpido guión no merece el talento de su director ni de su reparto multiestelar. En fin, esta película tiene dos personajes llamados precisamente Conrad y Marlow. Además, se sitúa justo después de la retirada de Estados Unidos de la guerra de Vietnam, varias tomas con helicópteros militares volando en el crepúsculo remiten inequívocamente a Apocalipsis ahora, y el personaje de Samuel L. Jackson tiene ecos del Kurtz de Marlon Brando.

No hay mucho que decir de esta película, en la que Kong no es ni siquiera un personaje, sino una fuerza de la naturaleza que protege la Isla Calavera. Por primera vez, los nativos no son bárbaros que están tratando de comerte o sacrificarte. En cambio, tienen una pequeña utopía sin carencias y violencia, protegidos por Kong. Una visión benévola, pero también condescendiente: son los “buenos salvajes” de Rousseau.

Fue la bella quien mató a la bestia


Pero volvamos a la versión de Peter Jackson, que es la que importa para este análisis. No hay mucho que su versión aporte al relato de Kong; fuera de mejores efectos especiales y secuencias de acción más impresionantes (y de que es muuucho maaás laaarga), lo esencial ya estaba ahí. Sin embargo, lo detalles que añade de su propia cosecha son suficientes para transformar el significado de la película.

Lo que antes fue accidental, ahora es deliberado. Kong es el personaje protagónico y, gracias al talento del magnífico Andy Serkis, uno todavía más humano que la creación de Willis O’Brien, un Kong con el que el público simpatiza casi de inmediato. Su captura, su exhibición y su muerte son momentos diseñados para hacernos sentir empatía por el gigante. En sus batallas está muy claro que debemos estar de su parte.

Su relación con Ann Darrow (ahora interpretada por Naomi Watts) es completamente distinta. De entrada, el absurdo subtexto sexual es eliminado: Kong se interesa por Ann porque se trata de una criatura curiosa que hace cosas divertidas, y con la que luego desarrolla una sincera amistad. Ella al principio está aterrada por el gorila, pero luego se encariña con él, como cualquier persona se encariñaría con un perro, un caballo o algún otro animal inteligente y capaz de demostrar afecto.

El “proverbio árabe” inventado por Cooper es modificado ligeramente por Jackson. Ahora dice “y la bella detuvo la mano de la bestia”, lo que da cuenta de que el personaje de Ann tendrá mucha más agencia en esta historia, no sólo como una chica bonita que hizo que Kong se obsesionara con ella, sino como alguien que con su gran compasión se ganó el corazón de la bestia.

El personaje de Carl Denham es cambiado de un avatar de Merian C. Cooper a un Jack Black cualquiera. En vez del osado productor de cine, tenemos a un fracasado estafador, charlatán y cobarde. Su expedición no es una emocionante aventura, sino una tragedia tras otra, y todo ello motivado por la más frívola de las razones: montar un espectáculo para hacer dinero. Todo ello justo en el escenario de la Gran Depresión, el momento de mayor fracaso para el capitalismo. Este Denham no es el héroe colonial, sino el hijo de la sociedad del espectáculo. Aunque de forma mucho más ligera y amable, Jackson hace un poco con Denham lo que Conrad hace con Kurtz: usar al personaje para mostrar el verdadero rostro del colonialismo como una empresa denigrante.



Se ha dicho que la representación de los nativos de la Isla Calavera en esta versión es aun más racista, porque en la cinta de 1933 éstos por lo menos parecían personas reales, cuando aquí son retratados casi como criaturas subhumanas. Yo no estoy de acuerdo, y creo que es todo lo contrario. Mientras en la versión de Cooper los nativos eran expresamente melanesios -es decir, una cultura existente-, en la de Jackson hay un esfuerzo por crear un pueblo que se sintiera completamente ajeno a todo lo conocido, que no pudiera relacionarse con ninguna cultura del mundo real ya fuera por su aspecto, su lengua o sus artefactos.

En la versión de Cooper se establece que esos nativos no pudieron ser los constructores de la Muralla que contiene a los dinosaurios al otro lado; que esa estructura recuerda más bien a civilizaciones antiguas como los egipcios. Queda implícito que los melanesios llegaron a la Isla Calavera en una emigración posterior. En cambio, en la versión de Jackson se sugiere que estas personas eran los descendientes de quienes construyeran no sólo la muralla, sino otros edificios desperdigados por toda la isla -lo que da cuenta de la grandeza que alguna vez llegaron a alcanzar. Sin embargo, tras milenios de aislamiento, esa cultura se encuentra en decadencia.

A mi parecer esta reinterpretación de los nativos de la Isla Calavera es mejor, puesto que al inventarse un pueblo ficticio sin esquiva la incómoda posición de parecer que hace un juicio sobre culturas existentes y así evita caer tanto en la actitud despectiva de la versión de 1933 como en la condescendiente de 2017.

A Dios encadenado



Peter Jackson toma un típico relato colonialista y le da un giro total a sus significados. Parte de la alegoría en la que sin querer se había convertido la versión original y la pone deliberadamente en el centro de su nueva adaptación. Reinterpreta King Kong bajo el cristal de El corazón de las tinieblas y tiene la enorme ambición de hacer una película aventuras en tierras fantásticas con bestias imposibles que al mismo tiempo desromantice los lugares comunes de la literatura colonialista.

Detrás de la fantasía y las emociones, Jackson nos entrega la trágica historia de un dios abducido por una civilización colonialista, que todo lo corrompe y lo comercializa, en la que encontró por un instante a una sola persona que se compadeciera de él. Que al final se rebela contra sus captores y conquista el máximo templo de la modernidad, pero que no puede resistir contra todo el poder de su tecnología bélica.

Quizá podríamos reprochar a Jackson que se pasó de la raya al tratar de hacer tan compleja una historia que en principio era muy sencilla, pero fuera de sus fallas (el primer acto es francamente aburrido y la escena en el lago congelado es ñoñísima), me parece un experimento fascinante, porque no sólo quiere volver a contar la historia de Kong, sino enfatizar el significado de ese relato para la cultura contemporánea y sus diferentes relaciones intertextuales. ¿Pretencioso? Sí, como este ensayo de ocho páginas. Pero fascinante.



Y ahora, un poema:

Mírate, Dios, encadenado, antes todopoderoso,
cautivo por deseo dorado,
blasfemo, pero merecido,
convertido en circo
para chisteras y monóculos,
lejos de los titanes,
del olimpo jurásico,
lejos de los tambores extáticos,
de la orgía y del sacrificio.
¡Rebélate!
Haz añicos tus cadenas y despliega tu furia divina
sobre los templos de acero y concreto,
sobre los insectos mecánicos.
¡Que retumbe el éxtasis de los tambores!

Kong
     Kong
          Kong

sábado, 15 de julio de 2017

Iron Man 7: Spider-Man regresa a casa



¡Hola, ñoños! Les traigo la reseña de la última película de la saga del invencible Iron Man, que vi hace casi una semana, pero que no había tenido tiempo de platicar con ustedes. Este nuevo capítulo, Iron Man 7: Spider-Man's Homecoming se centra en el pupilo y patiño de Tony, el jovensísimo y simpático Peter Parker -a quien ya conocíamos desde Iron Man 6: Civil War-, en su lucha por demostrar que es un digno heredero del manto del Hombre de Hierro.

Peter cuenta con una versión personalizada del traje de Iron Man, hecho para que pueda sacar provecho de sus superpoderes arácnidos, pero con las innumerables ventajas que le ofrece toda la tecnología de Industrias Stark, incluyendo su propia inteligencia artificial para guiarlo y un dron arácnido multiusos.

El villano, por enésima ocasión, es alguien resentido con Tony Stark porque, admitámoslo, él es un chingado cretino de mierda. Y por enémisa ocasión, este villano se crea un traje de combate para repartir madrazos. Birdman (así se llama, ¿no?) utiliza tecnología alienígena que ha ido recogiendo de las diferentes batallas de los Vengadores para fabricar armas, tanto para uso propio como para vender al mejor postor.

Peter, por su parte, deberá balancear su vida personal, en especial su interés en la guapa Liz y su lealtad hacia sus amigos y compañeros de clase, con su fuerte vocación de ser el siguiente Iron Man. Pero como todo le sale mal siempre, decepciona a medio mundo al intentarlo, hasta que descubre el verdadero significado de ser un héroe... o algo así. Y... pues ya, eso es todo.



Hablando (un poco más) en serio, no hay gran cosa que decir de esta película. Es muy, muy divertida. Tom Holland tiene un gran carisma como el adolescente Parker y la película tiene una gracia natural que supera por mucho todas las otras de Marvel, incluyendo Ant-Man y Guardians of the Galaxy. Me reí muchísimo, la verdad, y me encantaron momentos como "Spidey trata de atravesar un suburbio". Hilarante. Es una cinta de superhéroes muy ligera, pero efectiva para entretener, bien narrada y bien actuada.

Lo mejor es sin lugar a dudas Michael Keaton como Adrian Toomes, el mejor villano del MCU desde Loki (o sea, el único otro siquiera memorable). Es un personaje ambivalente cuyas motivaciones son comprensibles y que puede ser muy empático, pero cuyas acciones violentas y ciertos aspectos de su personalidad lo hacen escalofriante.

Keaton con y sin el traje de Vulture

La película desecha mucho del cómic original. No hay Mary Jane (¿Michelle? ¿Quién es Michelle?), no hay Harry Osborne (¿Ned? ¿Quién es Ned?), no hay Gwen Stacy (¿Liz? ¿Quién es Liz?), Flash (¿siquiera es Thompson?) es un chingaquedito en vez de un bravucón, no hay Daily Bugle y la tía May está bien rica. Estos cambios están bien, puesto que se pretende que el Spider-Man del MCU tenga una identidad única y diferente a las encarnaciones anteriores. Y bueno, Peter sigue siendo el ñoño de buen corazón al que casi nada le sale bien y a quien todos amamos.

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¿Qué no me gustó? Bueno, que es una película muy superflua, tanto si la comparamos con el material original como con las dos adaptaciones anteriores. Peter Parker es un personaje atribulado y marcado por la tragedia. Decide convertirse en superhéroe atosigado por la culpa y por un recién descubierto sentido de la responsabilidad. Es alguien que ha perdido a seres queridos por causa del eterno dilema entre ser un héroe o una persona normal y feliz.

En Iron Man 7, sin embargo, la motivación de Peter nunca se discute. Intuimos que la muerte del tío Ben tuvo algo que ver, pero nunca se menciona. Parece que más bien le entusiasma la idea de ser el próximo Iron Man, que esto de ser superhéroe le parece divertido. Pero parafraseando a Yoda "¡Aventura! ¡Emociones! Un héroe no busca esas cosas!" Por decirlo de otra manera: Peter Parker no es alguien que ande buscando entre los callejones a ver cuándo le sale una pelea interesante. Peter Parker es alguien que tiene que llegar a la chamba a tiempo porque tiene que pagar el alquiler y las medicinas geriátricas de la tía May y piensa "¡rayos, ahora no!", porque ve que además de todas sus broncas tiene que detener un asalto.

Aunque el villano me cayó muy bien, sus villanías me eran más o menos indiferentes. Déjenme les explico. En Iron Man 7, el villano no iba a destruir la ciudad, a matar a un montón de personas o a amenazar directamente a Peter y a sus seres queridos. Lo que iba a hacer era robarle algunas cosas a Tony Stark. Había muy poco en riesgo si tenía éxito. Es más, yo quería verlo ganar, dar un último golpe y retirarse. 

Iron-Bird-Man

De hecho, fuera de salvar a sus amiguitos de un desastre que él mismo ocasionó, lo único que hace Spidey en esta peli es proteger la propiedad privada de los ricos: Tony Stark y un banco. La neta, ¿qué me importa a mí, pobre asalariado, si se roban un cajero automático sin lastimar a nadie? Salió peor con la intervención de Pete, porque acabó volando en pedazos la lonchería de su cuate.

Ahora, voy a sonar como un viejo cascarrabias, pero repetiré lo que he estado diciendo desde hace 10 años: Spider-Man 3 no estaba mal. Por lo menos, no es significativamente peor que las otras dos. Y aún si así fuera, no era necesario un maldito reboot (de hecho, fue más taquillera que las dos con Andrew Garfield), sólo le tenían que echar más ganas a la siguiente entrega. Pero decidieron tirar a la basura una saga que iba bien y de paso dejaron una historia inconclusa.

Pero bueeeno... Tampoco The Amazing Spider-Man 2 estuvo taaan mala como para mandar todo a la mierda ¡otra vez! Y dejar otra historia inconclusa, de paso. Y si iban a hacerlo, ¿por qué no ir de una vez con Miles Morales? Ya estamos un poco hasta el huevo de Peter Parker, ¿no?

La película se llama Homecoming, que es un baile escolar que tradicionalmente se celebra en las prepas gringas a principio de año. En español le pusieron De regreso a casa, una traducción muy literal, porque nadie regresa a casa... Pero luego me puse a pensar y me cayó el veinte ¡Spidey regresa a casa, a Marvel! Y si algo bueno saldrá de esta peli será el verlo convivir con los héroes y villanos de este grandioso universo siempre en expansión. Y sí, quiero ver que hará Spidey durante las Infinity Wars.

Ahora, una idea millonaria, ejecutivos de Marvel Studios que seguro leen mi blog: ¡SPIDER-VERSE! Imagínenlo: traer de vuelta a Tobey McGuire como un Spider-Man cuarentón retirado, casado con Mary Jane y padre de una adolescente que en secreto es Spider-Girl. Traigan a Andrew Garfield como el Spider-Man más darks y amargadón por la muerte de Gwen Stacy. ¡Traigan de vuelta a Emma Stone como Spider-Gwen! ¿Cómo reaccionaría Spider-Andrew al verla? Casteen a un Miles Morales. Pónganlos junto en el universo de Tom Holland y ¡voilá! Algo como lo que hicieron con X-Men: Days of the Future Past, que antes habría parecido imposible. Venga, Marvel, inténtalo, ni siquiera tendrías que pagarme por la idea.


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